domingo, 26 de septiembre de 2021

Pensamiento sintético versus pensamiento analítico

 Para comprender la Teoría de Sistemas, que aplicaremos en el estudio de las Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente, es necesario tener muy clara la diferencia entre dos formas complementarias que la mente humana usa para acceder al conocimiento y a la descripción de la realidad: el pensamiento analítico y el pensamiento sintético. Visualiza este vídeo ( está en inglés, pero no es difícil y además visualmente es muy didáctico) y a continuación contesta a las cuestiones que se te plantean



1-Explica con tus palabras cuáles son las características básicas del pensamiento analítico y pon dos ejemplos de disciplinas, asignaturas o ciencias en las que se use, justificando  el por qué.

2-Explica con tus palabras cuáles son las características básicas del pensamiento sintético y pon dos ejemplos de situaciones en las que sea correcto usar este tipo de aproximación a la realidad.

3-De los siguientes ejemplos di cuales se aproximan a cada tipo de pensamiento: análisis sintáctico de una frase, estudio de las conexiones neuronales, interconexiones en el mapa del metro de una gran ciudad, anatomía del sistema respiratorio, fisiología del sistema respiratorio, clasificación de rocas, estudio de los efectos de la contaminación en un ecosistema, estudio de la composición de una población humana a lo largo de los años, observación de las partes de un insecto, hacer un esquema de un tema, hacer una redacción a partir de una vivencia.

4-¿Qué  tipo de pensamiento usa la Teoría de Sistemas? Justifícalo.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Tres textos para abrir el apetito

 

 Aquí tenéis tres textos situados en el límite entre la ciencia y la literatura ( no están sacados de libros de divulgación científica, son obras literarias), que tratan del asombro ante la naturaleza y sus procesos con una mirada diferente, nueva, original y nada antropocéntrica.  También hacen una reflexión sobre la escala del tiempo geológico en un registro literario.


Espero que os sirva de estímulo para iniciar esta asignatura con las mismas expectativas con las que iríais a un banquete. Al final de la lectura de los dos textos podéis comentar vuestras impresiones sobre lo que os haya impactado más de éstos fragmentos.



El primero es un fragmento del libro "La luz que no puedes ver",  una novela ambientada en la Segunda Guerra Mundial. Uno de los protagonistas es un adolescente que vive en un orfanato y que es muy habilidoso montando y reparando radios, un invento muy importante en aquella época.






“Una noche Werner y Jutta sintonizan una emisión estridente en la que un joven habla sobre la luz en un francés suave y con acento.
“Niños, el cerebro está envuelto por una oscuridad total-dice la voz-Flota en un líquido transparente en el interior del cráneo y jamás recibe luz. Pero a pesar de eso, el mundo que construye en nuestra mente está lleno de luz, rebosante de colores y de movimiento. ¿Cómo puede ser que el cerebro, que jamás conoce una chispa de luz, construya en nuestro interior un mundo lleno de luces?”

(…) El francés habla ahora de ilusiones ópticas y electromagnetismo. Luego hace una pausa, se oye el repiqueteo de la estática como si se estuviera dando la vuelta a un disco y a continuación se pone a hablar con entusiasmo sobre el carbón. 

“Pensad en cualquiera de las brasas que veis en el interior de la estufa de vuestras casas. ¿os lo imagináis? En algún momento ese trozo de carbón fue una planta verde, un helecho o un junco vivo hace un millón de años, dos millones de años o cien millones de años. ¿Os imagináis lo que son cien millones de años?  A lo largo de la vida de esa planta, sus hojas absorbieron durante los veranos toda la luz que pudieron y transformaron la energía del sol en energía natural para generar su tronco, sus ramas y tallos. Y es que las plantas se alimentan de la luz igual que nosotros nos alimentamos de la comida. Luego esa planta murió y probablemente cayó en el agua, se transformó en musgo de esfagno y  el esfagno se hundió en la tierra durante años, durante eras frente a las que un mes , un año o toda vuestra vida no es más que un soplido, un chasquido de dedos. Finalmente el esfagno se petrificó y se convirtió en una piedra que alguien extrajo, y que más tarde el carbonero acercó hasta vuestra casa. Tal vez alguno de vosotros la puso en la estufa. Aquel antiguo rayo de sol  –aquella luz de hace cien millones de años–es la que calienta ahora vuestro hogar.”

El tiempo pasa más lento. El desván desaparece. Jutta desaparece. ¿Ha hablado alguien alguna vez de una manera tan íntima sobre las cosas que más le interesan a Werner?
“ Abrid los ojos –concluye el  hombre- y observad todo lo que podáis antes de cerrarlos para siempre.”

                                                        Fragmento de “ La luz que no puedes ver”  Anthony Doerr




El segundo texto es un fragmento de “Una temporada en Tinker Creek”, de Annie Dillard, un libro que relata las impresiones y exploraciones sobre la naturaleza  que hace la autora durante su estancia en una zona salvaje del estado de Virginia mientras se recupera de una neumonía muy grave.

El siguiente fragmento aparece, en el libro, a continuación de que la escritora cuente una visión que tuvo en la que hizo una especie de viaje a través del tiempo geológico.






“Es una pena que no podamos observar algo así en una pantalla. John Dee, el geógrafo y matemático isabelino, tuvo una gran idea, que es justo lo que necesitaríamos. Lanzas un espejo al espacio de forma que viaje más rápido que la luz (eso es lo complicado). Luego, miras el espejo y observas la historia previa de la Tierra, que aparece como una película en una pantalla de cine. La gente que graba películas interminables de fotografías secuenciales de rosas y tulipanes  abriéndose se equivoca de idea. Debería apuntar con sus cámaras hacia los bloques de hielo que se derriten, hacia el fondo verde de las charcas, hacia la ola de la marea del río Severn. Debería grabar los glaciares de Groenlandia, algunos de los cuales se escinden tan rápido y crujen de tal modo que los perros les ladran. Deberían grabar la invasión del bosque de abetos septentrional por la tundra canadiense meridional, cosa que está sucediendo ahora mismo a razón de un kilómetro  y medio cada diez años. Cuando la última lámina de hielo retrocedió del continente americano, la tierra se levantó cuatro metros¿ Acaso no hubiera merecido la pena ver algo así?
La gente dice que un buen asiento en el jardín trasero de la casa proporciona unas vistas tan privilegiadas como las de cualquier torre de observación de Alfa Centauri. Se equivocan. Miramos a través de un cristal que distorsiona. Nos encontramos en medio de una película o de una escena concreta, y no sabemos qué sucede en el resto de la historia.
Pongamos que pudieras mirar el espejo de John Dee que cruza el espacio a toda velocidad; pongamos el globo terráqueo en relieve estuviera en movimiento como un trompo gigante, y que pudieras insuflar vida a su superficie; pongamos que pudieras ver una película de nuestro planeta con tomas secuenciales en cámara rápida: ¿qué verías? Imágenes transparentes moviéndose a través de la luz, una infinita tormenta de belleza.
En sus inicios aparece envuelta en neblina, iluminada con ráfagas de luz aleatorias y deslumbrantes. La lava emana y se enfría; los mares hierven y se desbordan. Las nubes toman forma y se desplazan: ahora puedes ver la superficie del planeta a través de retazos de claridad. La tierra se estremece y se fragmenta como un bloque de hielo dividido por una brecha que se ensancha. Las montañas emergen, se elevan, se pulen y se suavizan ante tus ojos vistiéndose de bosques como si fueran de fieltro. El hielo se repliega y hace que las tierras verdes se sumerjan bajo el agua para siempre; luego el hielo regresa. Los bosques brotan y desaparecen como anillos de hadas. El hielo vuelve a replegarse, las montañas se transforman en lagos y la tierra húmeda se eleva sobre el mar como una ballena que emerge; el hielo regresa.
Las cumbres más altas se cubren de manchas verdeazuladas, desde el sur se extiende un verde amarillento como una ola sobre una playa. Un tinte rojo parece filtrarse desde el norte, por las cordilleras y entre los valles, hacia el sur; tras el rojo viene el blanco, y luego el amarillo verdoso que inunda el norte, luego se extiende de nuevo el rojo, luego el blanco, así una y otra vez, formando patrones de color demasiado rápidos y complejos para poder seguirlos. La película se ralentiza. Ves tormentas de polvo, langostas e inundaciones en una vertiginosa sucesión de imágenes instantáneas.
Céntrate ahora en una orilla y mira el humo de las hogueras a la deriva. Se levantan ciudades de piedra, se propagan y se desmoronan como manchas de flores alpinas que se abren un centímetro por encima del permafrost, esa tierra congelada en la que ninguna raíz puede absorber nada, unas flores alpinas que se marchitan al cabo de una hora. Aparecen nuevas ciudades, y los ríos vierten sedimento sobre sus azoteas; emergen más ciudades y se extienden con forma de lóbulos, como líquenes en las piedras. Los grandes seres humanos de la historia, esos tejidos intrincados y enérgicos que rondaron por la superficie de la tierra, son un borrón vacilante cuya fracción de segundo de exposición a la luz fue tan breve que no es posible obtener imagen alguna de ellos, salvo unas figuras fantasmales encorvadas y sin sombra. Las grandes manadas de caribús se derraman por los valles como escoria, después retroceden, gota a gota, y vuelven a derramarse, como un fluido pardo.

Ralentízalo más, acércate un poco. Aparece un punto, un copo de carne. Se hincha como un globo; se mueve, gira, se detiene y desaparece. Ésa es tu vida. “

                                                       Fragmento de “Una temporada en Tinker Creek”,  Annie Dillard




 


El tercer fragmento, es del prólogo de "Una historia de casi todo".Así explica el autor de esta magnífica obra de divulgación científica cómo la visión de un dibujo con las capas de la tierra le sirvió de acicate para escribir este libro, a pesar de que él no tenía formación científica. ¿ Qué te sugiere la lectura de esta introducción?


                                     

Mi punto de partida para escribir Una breve historia de casi todo fue, por si sirve de algo, un libro de ciencias del colegio que tuve cuando estaba en cuarto o quinto curso.  Era un libro de texto corriente de los años cincuenta, un libro maltratado, detestado, un mamotreto deprimente, pero tenía, casi al principio, una ilustración que sencillamente me cautivó: un diagrama de la Tierra, con un corte transversal, que permitía ver el interior tal y como lo verías si cortases el planeta con un cuchillo grande y retirases un trozo coque representase aproximadamente un cuarto de su masa.
Resulta difícil creer que no hubiese visto antes esa ilustración, pero es indiscutible que no la había visto porque recuerdo, con toda claridad, que me quedé transfigurado.(…) Mi atención se desvió poco a poco hacia la idea de que la Tierra estaba formada por capas diferentes y que terminaba en el centro con una esfera relumbrante de hierro y níquel, que estaba tan caliente como la superficie del Sol, según el pie de la ilustración. Recuerdo que pensé con asombro: ¿Y cómo saben eso?
                                              



No dudé ni siquiera un instante de la veracidad de la información-aún suelo confiar en lo que dicen los científicos, lo mismo que confío en lo que dicen los médicos, los fontaneros y otros profesionales que poseen información privilegiada y arcana-, pero no podía imaginar de ninguna manera cómo había podido llegar a saber una mente humana qué aspecto tenía y cómo estaba hecho lo que hay a lo largo de miles de kilómetros por debajo de nosotros, algo que ningún ojo había visto nunca y que ningunos rayos X podían atravesar. Para mí, aquello era sencillamente un milagro. Esa ha sido mi posición ante la ciencia desde entonces. Emocionado, me llevé el libro a casa aquella noche y lo abrí antes de cenar-un acto que yo esperaba que impulsase a mi madre a ponerme la mano en la frente y a preguntarme si me encontraba bien-.Lo abrí por la primera página y empecé a leer. Y ahí está el asunto. No tenía nada de emocionante. En realidad, era completamente incomprensible. Y sobre todo, no contestaba ninguno de los interrogantes que despertaba el dibujo en una inteligencia inquisitiva y normal:¿cómo acabamos con un Sol en medio de nuestro planeta y cómo saben a qué temperatura está? ; y si está ardiendo ahí abajo, ¿por qué no sentimos el calor de la tierra bajo nuestros pies ?;¿por qué no está fundiéndose el resto del interior?,¿o lo está?;y cuando el núcleo acabe consumiéndose, ¿se hundirá una parte de la Tierra en el hueco que deje, formándose un gigantesco sumidero en la superficie?;¿y cómo sabes eso?;¿y cómo llegaste a saberlo? Pero el autor se mantenía extrañamente silencioso respecto a esas cuestiones...De lo único que hablaba, en realidad, era de anticlinales, sinclinales, fallas axiales y demás. Era como si quisiese mantener en secreto lo bueno, haciendo que resultase todo sobriamente insondable. Con el paso de los años empecé a sospechar que no se trataba en absoluto de una cuestión personal. Parecía haber una conspiración mistificadora universal, entre los autores de libros de texto, para asegurar que el material con el que trabajaban nunca se acercase demasiado al  reino de lo medianamente interesante y estuviese siempre a una conferencia de larga distancia, como mínimo, de lo francamente interesante.

Luego, mucho después (debe de hacer unos cuatro o cinco años), en un largo vuelo a través del Pacífico, cuando miraba distraído por la ventanilla el mar iluminado por la Luna, me di cuenta, con una cierta contundencia incómoda, de que no sabía absolutamente nada sobre el único planeta donde iba a vivir. No tenía ni idea, por ejemplo, de porqué los mares son salados, pero los grandes lagos no. No tenía ni la más remota idea. No sabía si los mares estaban haciéndose más salados con el tiempo o menos. Ni si los niveles de salinidad del mar eran algo por lo que debería interesarme o no. Y la salinidad marina, por supuesto, sólo constituía una porción mínima de mi ignorancia. No sabía qué era un protón, o una proteína, no distinguía un quark de un cuásar, no entendía cómo podían mirar los geólogos un estrato rocoso, o la pared de un cañón, y decirte lo viejo que era...,no sabía nada, en realidad. 
              






Me sentí poseído por un ansia tranquila, insólita, pero insistente, de saber un poco de aquellas cuestiones y de entender sobre todo cómo llegaba la gente a saberlas. Eso era lo que más me asombraba: cómo descubrían las cosas los científicos. Cómo sabe alguien cuánto pesa la Tierra, lo viejas que son sus rocas o qué es lo que hay realmente allá abajo en el centro. Cómo pueden saber cómo y cuándo empezó a existir el universo y cómo era cuando lo hizo. Cómo saben lo que pasa dentro del átomo. Y, ya puestos a preguntar-o quizá sobre todo, a reflexionar-, cómo pueden los científicos parecer saber a menudo casi todo, pero luego no ser capaces aún de predecir un terremoto o incluso de decirnos si debemos llevar el paraguas a las carreras el próximo miércoles. Así que decidí que dedicaría una parte de mi vida (tres años, al final) a leer libros y revistas y a buscar especialistas piadosos y pacientes, dispuestos a contestar a un montón de preguntas extraordinariamente tontas. La idea era ver si es o no posible entender y apreciar el prodigio y los logros de la ciencia a un nivel que no sea demasiado técnico o exigente, pero tampoco completamente superficial. Ésa fue mi idea y mi esperanza. Y eso es lo que se propone hacer este libro.

A continuación, en Comentarios, escribe un pequeño texto en el que expreses alguna idea o sentimiento que te hayan sugerido estos fragmentos. 

Cuaternario

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