martes, 10 de mayo de 2022

Cuaternario

 

Aunque estrictamente, el Cuaternario forma parte de la Era Cenozoica, le vamos a dar un protagonismo especial porque en él da comienzo nuestra historia como especie. También porque debido a su proximidad temporal es el periodo del que tenemos un mejor registro geológico que estudiar si lo comparamos con otros periodos anteriores.

En realidad todo empezó con los estudios sobre los efectos de la última glaciación, que abriría la puerta al descubrimiento de nuevos periodos glaciares en el pasado.

Precisamente, la historia del Cuaternario está ligada al cambio climático que ha sufrido nuestro planeta en los últimos 2,6 millones de años. En este periodo salimos de un periodo cálido para sumirnos en un ciclo de glaciaciones (conocidas popularmente como “la edad de hielo”) y periodos interglaciares más cálidos que se extienden hasta nuestros días. Estos cambios en el clima afectaron en gran medida a las poblaciones animales y humanas, provocando grandes migraciones.

A grandes rasgos, desde el inicio del Cuaternario hasta nuestros días (que en tiempo geológico es apenas un suspiro), apenas ha cambiado la distribución de los continentes. Eso sí, la superficie de nuestro planeta ha sufrido grandes cambios durante este periodo debido al avance y retroceso de las masas glaciares sobre los continentes, cuyas cicatrices todavía son bien visibles en la actualidad.

Y es precisamente esta historia cuaternaria la que acaba con otro cambio climático, pero esta vez artificial, de origen antrópico, causado por la quema de combustibles fósiles desde la revolución industrial. Se trata del calentamiento global, que puede sacarnos precisamente de este ciclo frío-calor para instalarnos en unas condiciones muy diferentes a los que ni nosotros ni la biodiversidad de la Tierra podrá adaptarse a la misma velocidad con que ocurre este calentamiento. ¿Estaremos sentando las bases de una extinción cuaternaria?

¿Tuvo la astronomía la culpa? El movimiento de la tierra pudo provocar la Edad de Hielo cuaternaria.

Parece que la Tierra siempre se mueve de la misma manera alrededor del Sol, imperturbable. Que los días duran lo mismo año tras año y que nuestros móviles son capaces de calcular cuando empieza el día y la noche de una manera asombrosamente precisa. Sin embargo, a lo largo de nuestras vidas ocurren cambios imperceptibles en la órbita y el eje de rotación de nuestro planeta, que a lo largo de miles de años pueden tener una influencia crucial en el control del clima terrestre, al modificar la forma en la que llegan los rayos del Sol a la Tierra.

Los científicos han llegado a la conclusión de que los ciclos glaciares están controlados principalmente por la cantidad de energía solar que llega a nuestro planeta. Tienen que ver con la órbita de nuestro planeta, que se puede desviar ligeramente de la trayectoria elíptica habitual por las fuerzas de atracción que provocan Júpiter y Saturno ( si la tierra estuviera sola en el sistema solar su órbita permanecería imperturbable a lo largo del tiempo, pero no es así). También tiene que ver con la oblicuidad, o la variación en la inclinación del eje de rotación de la Tierra. Cuando la inclinación del eje terrestre se encuentra en su valor máximo, las regiones polares reciben más radiación solar, de modo que se funde más hielo y el clima se vuelve más cálido. En cambio, cuando la inclinación del eje se encuentra en valores mínimos, ocurre justo lo contrario, lo cual favorece las glaciaciones. Y por último también depende de si el eje de rotación cambia ligeramente su dirección, desviándose de la estrella polar, lo cual cambia las fechas y la intensidad de las estaciones.

Volcanes y calentamiento global

En varias ocasiones a lo largo de la historia de nuestro planeta ha quedado clara la gran influencia que tienen los volcanes en el clima terrestre. Lo curioso es que hay erupciones que son capaces de provocar un enfriamiento del planeta, mientras que otras lo calientan, si bien en casi todos los casos el calentamiento supera con creces el enfriamiento.

Cuando miramos la Antártida en un mapa o en una foto de satélite, lo que quizás nos llama la atención es su blanca monotonía, solo interrumpida con cadenas montañosas cuyos colores oscuros destace sobre la nieve y el hielo que la cubren perpetuamente. Pero a veces hay que mirar un poco más adentro, en las profundidades del hielo, para encontrar respuesta a nuestras preguntas. La Antártida tiene aproximadamente ciento treinta volcanes, alguno de casi cuatro mil metros de altura, escondidos bajo el hielo. ¿Qué daño pueden hacer unos volcanes de los cuales nunca hemos registrado ninguna actividad? Pues mucho más del que pensamos. Especialmente porque pueden ser una fuente de calor que funda parte del hielo de la Antártida sin previo aviso, emitiendo al océano grandes cantidades de agua dulce afecten a la circulación termohalina.

Estas erupciones habrían lanzado una gran cantidad de halógenos, unos compuestos capaces de destruir la capa de ozono de una manera muy efectiva hacia las capas altas de la atmósfera. Y eso habría provocado grandes cambios que acelerasen la llegada del periodo interglaciar. Pero además, el calentamiento global podría causar la erupción de más volcanes en la Antártida: tal vez conforme los hielos de la Antártida comiencen a fundirse con el aumento de las temperaturas, la liberación del peso del hielo sobre los volcanes haga que estos entren en erupción, ya que la presión sobre ejercida por el hielo actúa de alguna manera como un tapón. Un aumento de la actividad volcánica por el deshielo podría provocar, a su vez, un aumento en la emisión de gases de efecto invernadero, lo que contribuiría todavía más al aumento de las temperaturas, llevándonos posiblemente a una catástrofe sin precedentes.

Cuando la humanidad casi se extingue ¡o no!

El universo e incluso nuestro planeta tienen un plan malévolo para acabar con nosotros, y si no es así, al menos lo parece. Hace setenta y cuatro mil años, el volcán de Toba, ubicado en la isla de Sumatra, se activó, provocando una de las mayores erupciones registradas en los últimos dos millones de años. El volcán emitió tanta lava que podría haberse cubierto toda la superficie de la península ibérica con una capa de cinco metros de espesor. Se han descubierto depósitos de cenizas volcánicas de esta erupción hasta en África.

El hecho de estar muy cerca del ecuador permitió una mejor distribución de las cenizas volcánicas por toda la atmósfera gracias a los vientos alisios. Había tanta ceniza que nuestro planeta sufrió un oscurecimiento de casi una década, y se produjo una caída de las temperaturas a nivel global que duró alrededor de mil años. Un milenio con solo una erupción volcánica. Y os preguntaréis qué tiene que ver esto con la extinción de la humanidad.

En la década de los noventa, los científicos se dieron cuenta de que este cambio climático radical pudo diezmar la población humana, dejando tan solo unos pocos miles de supervivientes. Hace unos setenta mil años, nuestra especie, el Homo sapien, sufrió lo que denominamos un cuello de botella genético, en el que la diversidad genética de nuestra especie bajó de manera drástica y el número de individuos se redujo a apenas unos diez mil. Tras este episodio, la población volvería a recuperarse lentamente, así como a aumentar su número y diversidad genética. Recordad que el Homo sapiens surge en África hace entre 300 y 200. 000 años Y solo hace entre 50.000 y 40.000 años (al inicio del último y actual periodo interglaciar, en el Holoceno, cuando se empezó a retirar la última gran glaciación) pudieron subir hasta Europa, pudiendo circular por la superficie actual a partir de hace unos 12.000 años. Es un ejemplo claro de cómo la biología y la geología están estrechamente imbricada: tanto en el caso del volcán (disminución de población y de diversidad) como en el caso del deshielo (movimientos migratorios de nuestra especie).



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